jueves, 19 de mayo de 2011

PRODUCTO 10


Hace mucho tiempo  en el pueblo “Las Cruces” un pequeño niño caminaba cargando un tercio de leña que pesaba más y más mientras subía un empinado cerrito.
 Al llegar a la cima ya muy cansado, se detuvo a contemplar el paisaje… bajó su tercio de leña y se sentó a descansar. Sacó de un morralito unas guayabas que cortó del árbol que está en el patio de su casa y sentado en el tercio de leña, observaba aquél paisaje que a diario veía pero que no dejaba de admirarle.
Desde ahí se veía Don Juan el lechero, que ya venía de regreso porque desde que Dios amaneció había empezado a repartir leche en las casas, traía a cuestas de un burrito dos cántaros  vacíos que antes de salir el sol  ya había llenado con la leche que ordeñó de sus vacas.

Por allá unas señoras lavando en el arroyo,  y otras más que habían ya terminado, con una cubeta de ropa en la cabeza, también  su primo Pepe que venía cargando semejantes ánforas de agua porque su mamá no completaba aún la cuarentena del nacimiento de su hermanito y tenía que lavar la ropa en su casa. La partera atendió un parto muy difícil, “mero se nos muere la doñita”, le dijo a su tío cuando nació el nuevo miembro de la familia.

Hasta ahí se oía el rasquido de algunos metates que apurados molían el nixtamal para el bastimento de los jornaleros,  pronto estarían con el hambre de las largas horas de trabajo, con el sol a todo lo que da, seguramente un agua de limón no les vendría nada mal.

A lo lejos se escuchaba el tren que venía de Veracruz… de seguro en uno de esos vendría al día siguiente su tía Rosa, a la que tenía años de no ver y que hacía dos días mandó una carta diciendo que quería visitarlos, ¡qué gusto le iba a dar a su mamá verla de nuevo!, con suerte lo llevarían a esperarla a la Estación nueva, o tal vez a la de Los Berros. Le encantaba ir a la estación de tren y verlos llegar y salir, hasta se imaginaba que de grande iba a ser maquinista. Lo único malo de eso era levantarse a las tres de la mañana para estar ahí a las cinco, hora en que llegaba puntualmente el tren desde Veracruz, y el que le gustaba tomar a su tía porque así se la pasaba durmiendo toda la noche durante el viaje.

En eso estaba cuando escuchó la voz de su mamá gritándole desde su casa “¡Juaan! ¡a qué hora con la leña muchacho distraído!, salió tan a prisa que dejó caer el último pedacito de una de sus guayabas… “¡lástima!, tan dulce que estaba y tan madurita” pensó Juan al alejarse del lugar.

Pero qué habría sido de mí si eso no hubiera ocurrido y qué sería de esta historia si no estuviera ahora en esta misma loma, bajo la sombra de este árbol de guayabas que sin querer sembró mi abuelo hace tantos años.

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